Saturday, November 14, 2009

Los 90, la fiesta electrizante


Artículo de La Tercera:

Opinión: Los 90, la fiesta electrizante

La generación de los 90 está en plena forma. Creció, maduró, se diversificó.

POR ANDRÉS GÓMEZ BRAVO - 14/11/2009 - 12:24

Recién se conocían, pero parecían viejos amigos. Tenían 25 años y conversaban en un café de Buenos Aires. Llovía. Alberto Fuguet y Rodrigo Fresán se veían por primera vez y, por esas extrañas coincidencias, descubrían que tenían mucho en común: el cine, la música, la cultura pop. Libros, películas, discos. Esa tarde discutieron sobre Steve Martin y Bill Murray. Fuguet había publicado Sobredosis, su primer libro, y Fresán era un escritor inédito, con un caudal de historias que saldrían a la calle como un disco sicodélico. Era 1990, el primer año de la última década del siglo XX. Fuguet y Fresán seguirían su diálogo y se convertirían en protagonistas de la nueva escena.

La Guerra Fría había terminado. El mundo se reseteaba y en el aire se respiraba la sensación de un comienzo. MTV era el gran laboratorio de la cultura emergente: los nuevos héroes se llamaban Kurt Cobain, Mike Patton o Beastie Boys. Tim Burton llenaba el cine de fantasía freak y Tarantino hacía de la violencia un género pop. El canadiense Douglas Coupland recogió el espíritu ambiental y lo bautizó en una novela, Generación X.

Con Fuguet y Fresán a la cabeza, la literatura en español vivía su propio big bang: un puñado de autores con vocación de estrellas explotaba sobre un cielo de astros cansados, que una vez fueron el boom. Entre 1991 y 1992 aparecieron Mala onda, de Fuguet; Historia argentina, de Fresán; Lo peor de todo, del español Ray Loriga, yDías de papel, del boliviano Edmundo Paz Soldán. Nacidos en la década del 60, hijos del rock, el cine, la TV y la cultura pop, lectores de novela americana, urbanos y cosmopolitas, trajeron una descarga de energía fresca a la narrativa en español.

Renovaron el escenario, rompieron con el cliché de la Latinoamérica rural y mágica y le dieron la última patada al basurero de la literatura de pancarta, tan comprometida como majadera y aburrida. Por supuesto, generaron escándalo: el cura Valente mandó a Fuguet al infierno. Y pese a ello, o gracias a ello también, tuvieron éxito: hicieron de la literatura una fiesta. Imposible no leerlos.

Después vino McOndo, esa antología parricida, y ya saben lo que pasó. Los acusaron de frívolos, snob y vendidos. Una copia de la narrativa gringa. Dijeron que su éxito era puro marketing. Incluso Luis Sepúlveda, que aún no pide perdón por lo mal que escribe, los calificó de “literatura light” y de ser “hijitos de su papá”.

La fiesta de los 90 se acabó hace rato. Los hijitos crecieron. Y mientras sus detractores se convierten en los fantasmas de viejas navidades o sobreviven plagiando, plagiándose o persiguiendo premios, que es otra forma del plagio, ellos están en plena forma. A principios de año, Paz Soldán publicó Los vivos y los muertos, una non fiction sobre adolescentes en EEUU. Una novela notable, que incomprensiblemente Alfaguara aún no trae a Chile. Fresán acaba de publicar El fondo del cielo, una declaración de amor a la ciencia ficción que transcurre en Manhattan y que cita, entre otros, a Tokio ya no nos quiere de Loriga. El escritor español vino a Chile y presentó en la Feria del Libro su novela Ya sólo habla de amor, junto a Fuguet, que también tiene novela nueva: Missing, acaso su libro más aplaudido, la historia de la búsqueda de su tío Carlos, perdido en EEUU.

La generación de los 90 creció, maduró, se diversificó. Hoy son mejores escritores, desde luego. Con todos sus errores de juventud, sus primeros libros aún llevan carga radiactiva, pero ya no escandalizan: se reeditan como clásicos. Como Nevermind o El joven manos de tijera. Y los recordamos como lo que fueron: los primeros sonidos de un concierto electrizante.


Wednesday, November 11, 2009

Hablan los personajes



Giovanna Rivero estará a cargo del taller de escritura creativa "Hacer hablar a los personajes", que busca "que el/la narrador/a no perturbe las voces, tonos y registros de sus fantasmas. Apostar por la autenticidad." Ésta en la información del curso:

Uno de los desafíos más grandes a los que se enfrenta el o la joven escritor/a es la construcción de diálogos entre personajes, pues éstos deben ser naturales, fluidos y aportar movimiento a la trama. Un diálogo de “relleno” le quita fuerza a un texto.

¿Cómo conseguirlo? Quizás, en primer lugar, poniéndonos en el pellejo del personaje, asumiendo su personalidad, comprendiendo su "psiquis", entendiendo sus motivaciones y hablando por su voz.

Decidí, entonces, darle continuidad a mi taller de escritura creativa, esta vez con el auspicio de la Facultad de Humanidades y Comunicación de la UPSA, para abordar algunas técnicas literarias de desarrollo de diálogos y realizar prácticas que nos permitan identificar nuestras debilidades y fortalezas narrativas en ese terreno.

"Hacer hablar a los personajes" comprenderá cuatro encuentros: el 16, 17, 23 y 24 de noviembre, de 20:00 a 22:15 hrs., en la UPSA, por supuesto.

Los contenidos y prácticas se concentrarán en estos puntos:

Voces: la primera persona autobiográfica, el yo lírico o flujo de conciencia, la tercera persona omnisciente, la segunda persona admonitoria. El coro.

La voz y sus tonos: Tipos. La voz de mujer. La voz del niño. La voz adolescente. La voz fantasma. La voz confesional. La voz "fría".

Registros:
Universales, coloquiales, regionales, "neutros", impostados, naturales.

La importancia del diálogo en la narración: Diálogos descriptivos, diálogos histriónicos, diálogos de flujo. El diálogo y el avance de la trama. El monólogo.

Formatos: epistolar, diario, cuento, novela.

El silencio: las elipsis, lo que no se dice, el "otro" fuera de página.

Aspectos gramaticales del diálogo: El uso de la raya, el uso de las comillas, alternancia, alocución, acciones fonolingüísticas.


Mayores informes en el 3464000 en la facultad y en ingridsteinbach@upsa.edu.bo y tallerliterariopersonajes@gmail.com.

Thursday, October 29, 2009

Nueve Lunas: Crónica de un embarazo gonzo




http://www.americasquarterly.org/gabriela-wiener

OCTOBER 28, 2009

by Liliana Colanzi

Dicen que no existe el momento ideal para traer hijos al mundo, pero cuando la cronista peruana Gabriela Wiener descubrió que estaba embarazada, todo parecía jugar en su contra: acababa de perder su trabajo en una revista, su situación legal en España se balanceaba en la cuerda floja, le detectaron un cáncer a su padre, se enteró del suicidio de una amiga y, para completar el cuadro, aún se estaba recuperando de una dolorosa cirugía.

Nueve Lunas, el libro que surgió de ese difícil periodo, es un retrato de la maternidad que oscila entre el periodismo gonzo y la crónica autobiográfica. Pero también se trata de una exploración sobre los tabúes que se tejen en torno a la maternidad: el aborto, el odio a la madre, el sexo con embarazadas.Nueve Lunas es un recuento fascinante y honesto sobre la soledad, las dudas y los miedos de la gestación—a perder la individualidad y la libertad, a no amar al hijo, a asumir la terrible responsabilidad de hacerse cargo de otra persona para toda la vida. Como en Sexografías, su primer libro, Gabriela Wiener consolida su reputación de escritora kamikaze y se establece como una de las voces más arriesgadas y originales de la crónica hispanoamericana.

Colanzi: ¿Cuáles fueron los autores o las lecturas que te acompañaron mientras escribías Nueve Lunas?

Wiener: Tenía sobre todo un libro en la cabeza: El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, una crónica de esa nueva realidad que se abrió ante la autora tras la muerte repentina de su esposo por un infarto y la búsqueda de sentido a ese tiempo que desbarató todas sus antiguas seguridades que la llevan a un estado casi chamanístico. Está tan lleno de emoción como de información y se lee como un texto de investigación. Yo soñaba con hacer algo así de importante pero con el tema del embarazo. El libro La hija de la amante de AM Homes también fue una lectura de cabecera, por convertir algo tan personal como su propia adopción en una trama casi detectivesca. Tenía por ahí el libro de Oriana Fallacci, Carta a un niño que no llegó a nacer, que es muy tierno pese a que es de Fallacci y que me sirvió, a veces como tono, y a veces como antitono. Leí un libro de Elizabeth Roudinesco, La familia en desorden, que me puso en autos de las fascinantes barbaridades biotecnológicas y las nuevas configuraciones familiares. Tuve muchos libros de mis poetas favoritas a la mano, entre ellas Sharon Olds y Anne Sixton. Otro libro que tuve muy en cuenta fue uno de ensayos: Las mujeres y los niños primero. Y dos libros de crónicas muy humorísticas de la argentina María Moreno. La mayoría de mis lecturas están citadas en el libro pues fueron parte de la aventura.

Colanzi: Para escribir Sexografías te sometiste a experimentos como donar óvulos, dejarte flagelar en público por una dominatrix o preguntarle a desconocidos si se acostarían contigo para registrar sus reacciones. ¿Hay cosas que no volverías a hacer ahora que eres madre?

Wiener: Aún no lo tengo muy claro. Supongo que con el tiempo lo iré descubriendo. No haría probablemente las cosas que has mencionado porque ya las hice, pero no descarto que vuelva a meterme en problemas. Me estoy tomando el tema éste de ser un buen ejemplo para los hijos con mucha calma. Si no la maternidad sería doblemente estresante. Como mis experiencias no han estado nunca mediatizadas por la moral, no me ha sido muy difícil ser coherente ni antes ni después de ser madre. Lo que sí es que naturalmente son otras cosas las que empiezan a interesarme. Ayer una amiga me dijo que cuando tenía diecisiete años le preguntó a su madre de qué se arrepentía y que ella le contestó: de no haber probado la cocaína. Se sentía vieja para hacerlo y tenía solo unos pocos años más que nosotras en la actualidad. Espero tener pocas cosas de las que arrepentirme dentro de unos años pero también espero poder darme perfecta cuenta de cuándo es tarde para hacer algo y cuándo no. Como prueba de que creo que quien no la debe no la teme, he escrito libros que mi hija podrá algún día leer, si quiere, y seguro que querrá, porque ya se le ve a leguas que es una curiosa.

Colanzi: Dices que “hay momentos en que uno debe tomarse más en serio la vida que la literatura. Pocos, pero los hay”. ¿Cuáles han sido, para ti, esos momentos?

Wiener: Creo que estaba siendo irónica, en realidad siempre hay que tomarse más en serio la vida que la literatura, sino pareceríamos uno de esos personajes de Soñadores de Bertolucci o de Before Sunrise.

Colanzi: ¿Por qué el cuerpo femenino sigue siendo el principal lugar de exploración de las escritoras?

Wiener: No sé, es terrible, he oído de todo, ninguna explicación me parece convincente: el que nos hayamos quedado en las cuevas mientas ellos salían a cazar. O que lo hacemos por falta de preparación, por falta de creatividad o por falta de algo. O que les hemos quitado a los hombres el monopolio para hablar de nosotras y nuestros cuerpos. Debo decir en mi defensa (aunque seguro todas dicen lo mismo) que me quedé embarazada justo en el momento en que me ofrecían publicarme un libro de crónicas y me vi ante eso tan aplastantemente real que absorbía mi imaginación, mi escritura y, en suma, toda mi vida, y me pregunté si era válido contarlo, pero sobre todo me pregunté por qué hasta ahora el embarazo había sido un tema tan poco literario, por qué era una de esas cosas llamadas, despectivamente, “de mujeres”, por qué no podía entenderse como algo tan estético, urgente y universal, como la muerte, el amor, la enfermedad o la guerra. Quise tratarlo así. Es probable que el desafío fuera demasiado. Pero da igual, esta vez tendrán pruebas para acusarme de hacer literatura femenina. Por si fuera poco, y lo digo bien claro, siento debilidad no sólo por las mujeres, sino también por los hombres que exploran la corporalidad. Por eso me gustan escritores como Roth, Houellebecq, Bellatin, Lemebel, Pauls, que escriben, por ejemplo, sobre sujetos que se rascan o tienen erecciones penosas.

Colanzi: ¿Qué pierdes y qué ganas cuando escribes desde la no-ficción sobre temas tan íntimos como el aborto o el sexo o el embarazo? ¿Qué pasa cuando el autor se convierte en su propio personaje?

Wiener: Que los que leen mis libros creen que soy una mujer hipersexual, liberal, en permanente estado de excitación, cachonda, divertida, resuelta, suprema, magnánima, atrevida. Y en realidad tengo una vida muy tranquila, sin sobresaltos, soy madre de familia, me emborracho de vez en cuando y hago algún que otro estropicio pero desde luego no estoy buscando situaciones adrenalínicas todo el tiempo. Es el problema de confundir al narrador con la persona. Ahora, si bien no estoy toda yo en lo que escribo, hay una de mis tantas facetas ahí, y creo que a veces en un estado bastante descarnado, aunque por lo general explicado con humor. Hago cosas por exponerme, por atreverme, por vencer mis reparos, por jugar con mis límites. Nunca he podido ser una narradora aséptica o neutral. A temas como el sexo, la maternidad, y en general todo lo que tenga que ver con aspectos de la intimidad, no me puedo acercar sin dar algo antes a cambio y el precio es volverme un personaje más, poner los focos sobre mí y sobre partes de mí que no necesariamente son fáciles de mostrar.

Colanzi: Mencionas lecturas feministas que consideran el lazo familiar entre mujeres como “una red de odio”. ¿Estás de acuerdo?

Wiener: Me refiero a la matrofobia, una suerte de cadena de odio literario entre madres e hijas. En mi libro hablo mucho al respecto porque me fascinó encontrar que tantas escritoras escribieran del miedo a convertirse en sus madres y que construyeran imágenes tan potentes a partir de esa relación. No puedo más que identificarme con esa corriente. Es inevitable. Como digo en el libro, amo a mi madre pero es mi madre, se supone que debo odiarla.

Colanzi: Te consideran una escritora kamikaze por ponerte en situaciones límites: ¿de dónde nace el coraje para lanzarse al vacío? ¿A qué le tienes miedo?

Wiener: Mi escritura tiene una dimensión física y una parte de recreación. Más que una autoficción es como el body paint o los tatuajes, una escritura sobre el cuerpo. La impresión del “trabajo de campo” que hago es la de exponerme a situaciones complicadas o arriesgadas. Pero creo que al relatarlo voy más allá, es una segunda forma de entrega mucho más obscena y sexual y pública. Le tengo miedo a muchas cosas: a la muerte primero que nada, al mar, al abandono, al fracaso, a casi todo.

Saturday, October 24, 2009

Coupland y Seth en Vancouver


Compramos las entradas creyendo que íbamos a una charla de Douglas Coupland en Vancouver, pero al poco tiempo estaba claro que se trataba de otra cosa: Coupland entrevistando a un personaje rarísimo con unos anteojos gruesos y redondos y un saco que le quedaba demasiado holgado, un tal Gregory Gallant al que sus fans conocen como Seth, y uno de los artistas de la novela gráfica más importantes de Canadá, contemporáneo y amigo de Chester Brown y Joe Matt.

Nunca me interesaron demasiado los superhéroes, quizás porque mis personajes favoritos son los losers, aquellos que pueden permitirse la vulnerabilidad y la ambigüedad y la tristeza, y por eso me encantó descubrir a los personajes de Seth y seguirlos, como en el libro Clyde Fans, "a través de sus viajes por el desencanto, la pérdida y la desolación".

Seth crea sus escenarios --que Coupland definió como Canadá de los años 50 o Estados Unidos de los 40-- a partir de un sentido de la historia, una imagen evocativa del tiempo que se ha ido pero cuyos fantasmas siguen rondando en las escaleras de los viejos edificios, en las fachadas de tiendas y bares venidos a menos.

Algunas frases que anoté:

"No hay nada malo en repetirte a ti mismo, siempre y cuando explores un poco más hondo cada vez".

"Los cómics atraen gente rara, chicos que son outsiders. A los chicos normales también les gustan los cómics pero, a medida que crecen, empiezan a interesarse en otras cosas, descubren el sexo. Los fans de los cómics se aferran a sus superhéroes como una forma de compensación por toda la infelicidad del resto de sus vidas. Son gente apegada al pasado".

Una de las últimas preguntas de Coupland fue: Si te diera una píldora que se llevara para siempre la tristeza, ¿te la tomarías? Y la respuesta de Seth fue, creo, la que daría cualquier artista de verdad: No.

Monday, October 05, 2009

Café literario "Puntos Cardinales"

Me cuentan qué tal!

Café Literario "Puntos Cardinales"
Jueves 8 de octubre
> - Auditorio CCFA

EN EL MARCO DE LA FIESTA DE LA LECTURA

EL CENTRO CULTURAL FRANCO ALEMAN

PRESENTA: retour table matiere

CAFÉ LITERARIO

“ PUNTOS CARDINALES ”

Coloquio de Escritores Contemporáneos

Con la participación de:

Claudia Bowles

Giovanna Rivero

Emma Villazón

Maximiliano Barrientos

Saúl Montaño

08 de octubre - 19:30 Hrs. - Auditorio del CCFA Calle 24 de Septiembre Nº 36


Thursday, August 27, 2009

The Kinks

Una colaboración de Maxi pa' mi blog.


See My Friends

Maximiliano Barrientos

En 2005 escuchaba todo el rato a Bob Dylan, a The Smiths. Escuchaba a Neil Young y a The Kinks. Después del trabajo iba a Un Bar Clásico y llevaba sus discos y los ponía una y otra vez cuando el boliche estaba vacío. Supongo que era como estar todo el tiempo con gente en mi cabeza, gente muy querida que no me decía qué hacer, que me acompañaba cuando no quería estar con nadie más.

Al final de ese año dejé de escuchar a The Kinks. Me alejé de Ray Davies y de su melancolía, pero hace sólo unos días conseguí The Kinks Choral Collection, un disco en el que Davies –ahora un hombre viejo-- toca con una orquesta, y fue como reencontrarme con alguien a quien quise mucho y que despareció de mi vida, alguien que se fue a otro país, que se casó, que se aisló una temporada muy larga en una cabaña perdida en el bosque como lo hizo Justin Vernon para componer ese gran primer disco de Bon Iver. Redescubrí a The Kinks y de alguna forma husmé en la persona que fui ese año difícil, cuando comenzaba a trabajar en el periódico, cuando mi novia había decidido rehacer la vida que llevaba con su esposo, cuando tenía verdaderos amigos que a su modo, sobrevivían a un montón de cosas de las que no eran plenamente conscientes: los padres y los hermanos muertos, relaciones de años que terminaron abruptamente y de forma irreversible.

Nunca me gustaron los discos sinfónicos. Las bandas de rock and roll intentan impresionar gratuitamente mudándose a un registro tan poco compatible con el sonido crudo y elemental que suelen hacer. Mostrar que son buenos músicos o que algo puro e incorruptible sobrevive a pesar de cambiar de estilo. Por lo general esas fusiones son experimentos fallidos y pretenciosos. Sin embargo, hay algo en este disco que reduce las canciones a su esencia básica, que las aísla de la bulla de las guitarras de Ray y su hermano, y las revela como lo que verdaderamente son: pequeños poemas desoladores que dan consuelo.

En este disco están todas las grandes canciones de la banda: Celluloid Heroes, Days, You Really Got Me, Picture Book, pero hay una que me gusta más que todas: See My Friends. Una canción sobre los amigos y sobre el papel que cumplen cuando la novia se va. Ese lugar difícil donde abundan excesos y metidas de pata y comentarios poco apropiados, un lugar que luego se recuerda con cariño.

Solía escuchar esa canción en churrascos y en autos que deambulaban en la noche tras abandonar un bar o una fiesta. La escuchaba en el trabajo y en casa, agotado después de ocho o diez horas de escribir notas basura. La escuchaba mientras leía a Salter o a Eggers. La escuchaba los fines de semana después de beber unas cervezas, en la hora mágica, mientras me aprontaba para ir a Un Bar Clásico. “She is gone,/She is gone and now there's no one left/'Cept my friends,/Layin' 'cross the river” susurra la voz de Davies revelando toda la soledad del mundo, días largos, rotos, absurdamente tristes. Hay algo estoico en esa canción que la hace verdaderamente importante. Algo que siempre valoré en todo buen libro, en toda gran película: la tristeza que no cruza la frontera de la desesperación, que no cede al histerismo. Como prueba está el cine de Wes Anderson, los cuentos de Raymond Carver.

La canción de The Kinks trata de ser valientes en días que no son muy buenos, trata del privilegio de tener amigos en el momento que creímos desmoronarnos del todo. Una canción sobre el ocio, sobre perdedores. Sobre deambular de un lado a otro sin ir a ninguna parte. Sobre el hecho de que nunca tenemos tan buenos amigos como cuando nos sentimos perdidos, cuando no vemos con claridad.

Sunday, August 09, 2009

Mantra

Foto: Daniela Bejarano

"We work in the dark - we do what we can - we give what we have. Our doubt is our passion, and our passion is our task. The rest is the madness of art."
— Henry James